Antonio Machado. Al escultor Emiliano Barral


Y tu cincel me esculpía
en una piedra rosada,
que lleva una aurora fría
eternamente encantada.

Y la agria melancolía
de una soñada grandeza,
que es lo español fantasía
con que adobar la pereza,


fue surgiendo de esa roca,
que es mi espejo,
línea a línea, plano a plano,
y mi boca de sed poca,
y, so el arco de mi cejo,
dos ojos de un ver lejano,
que yo quisiera tener
como están en tu escultura:
cavados en piedra dura,
en piedra, para no ver.

Madrid, 1922

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